Durante más de dos meses este espacio estuvo en silencio. No fue un silencio vacío, sino un
tiempo de reconstrucción. Hora de Equidad necesitaba reorganizarse, encontrar una forma
más clara de presentar su contenido y seguir creciendo como un espacio de reflexión sobre la
violencia, la justicia y la dignidad humana.
Ahora el blog vuelve con una presentación renovada, pero con la misma convicción que lo
originó: hablar de aquello que muchas veces se calla en nuestras iglesias y comunidades.
Había pensado continuar inmediatamente con la serie “El silencio de los seminarios”, pero
el calendario me recordó algo importante: marzo comienza con el Día Internacional de la
Mujer.
Sin embargo, no deseo escribir frases vacías de celebración o discursos de empoderamiento
sin profundidad. Prefiero hacer algo diferente: Las mujeres en la mirada de Dios.
La Escritura muestra una y otra vez que Dios tiene una atención particular hacia quienes
viven en vulnerabilidad: la viuda, el extranjero, el huérfano… y también las mujeres que han
sufrido injusticia.
Por eso, durante las próximas semanas de marzo, Hora de Equidad hará un breve recorrido
bíblico para recordar algo fundamental:
las mujeres nunca han estado fuera de la mirada de Dios.
Después de esta serie, retomaremos la reflexión sobre “El silencio de los seminarios”, un
tema que sigue siendo urgente.
Las mujeres en la mirada de Dios
Cada 8 de marzo abundan las frases bonitas, los mensajes de celebración y las palabras de
reconocimiento hacia las mujeres. Pero, si somos honestas, muchas veces esas palabras se
quedan en la superficie. Se honra a la mujer con discursos, mientras en la vida real se sigue
ignorando su dolor, minimizando su voz o espiritualizando su sufrimiento. Por eso, más que
repetir frases de ocasión, vale la pena hacer una pregunta más profunda: ¿cómo mira Dios a
las mujeres?
La respuesta bíblica es clara y conmovedora. Dios no mira a las personas desde el prestigio,
el poder o la utilidad social. Dios mira desde la compasión, la justicia y el cuidado. En el
Antiguo Testamento aparece repetidamente un grupo que representa a las personas más
vulnerables: la viuda, el huérfano y el extranjero. Deuteronomio 10:18 dice que Dios “hace
justicia al huérfano y a la viuda, y ama también al extranjero”. Ese texto no solo habla de
la bondad divina; revela el corazón mismo de Dios. Él se inclina hacia quienes viven más
expuestos a la injusticia.
En muchos contextos bíblicos, las mujeres compartían esa vulnerabilidad. No siempre tenían
voz pública, protección legal o autonomía económica. Y, sin embargo, Dios nunca fue
indiferente a ellas. Basta recordar a Agar, una mujer esclava y expulsada, a quien Dios
encontró en el desierto (Génesis 16:7–13); a Ana, cuya angustia fue escuchada en el templo
(1 Samuel 1:10–20); o a María, una joven humilde de Nazaret, a quien Dios escogió para
participar en la historia de la salvación (Lucas 1:46–55). Estas historias muestran que las
mujeres no están en los márgenes del plan de Dios, sino dentro de su mirada amorosa y
activa.
Esto sigue siendo profundamente actual. También hoy muchas mujeres cargan silencios
largos: violencia doméstica escondida detrás de puertas cerradas, abuso espiritual disfrazado
de piedad, agotamiento emocional sostenido con una sonrisa, pobreza, migración, explotación
y miedo. Y, junto a ellas, también sufren niñas, niños y otros cuerpos vulnerables que el
mundo acostumbra a dejar al borde del camino. Frente a esa realidad, la fe cristiana no puede
responder con indiferencia.
Hablar de las mujeres en la mirada de Dios es afirmar algo profundamente teológico: Dios ve
lo que otros no quieren ver, escucha lo que otros callan y se acerca a quienes el mundo
empuja hacia los márgenes. Por eso, mirar a las mujeres con seriedad, dignidad y
compasión no es una moda; es una exigencia del Evangelio.
