Textos bíblicos: Lucas 13, Marcos 5, Juan 4
Confieso que durante mucho tiempo leí estos textos sin detenerme demasiado en ellas.
Las conocía, claro. La mujer encorvada, la del flujo de sangre, la samaritana. Las había
escuchado en sermones, las había visto citadas en estudios bíblicos. Pero creo que las leía
como lo que la cultura religiosa me había enseñado a leerlas: como telón de fondo. Como
ilustraciones de algo más grande.
Hasta que empecé a mirarlas de verdad.
Piensa un momento en la mujer encorvada de Lucas 13. Dieciocho años sin poder
enderezarse. Dieciocho años mirando el suelo, los pies de los demás, el polvo del camino. No
sabemos su nombre. No sabemos si tenía familia que la cuidara o si vivía sola con su dolor.
Lo que sí sabemos es que estaba ahí, en la sinagoga, ese sábado. Presente. Aguantando.
Y Jesús la llama.
No espera a que ella se acerque. No le pide que demuestre su fe primero. Simplemente la ve,
en medio de todos, y la llama. Y cuando la toca y ella se endereza, lo primero que hace es
alabar a Dios. No llora de alivio, no pregunta por qué tardó tanto. Alaba. Como si llevara
dieciocho años guardando esa alabanza y finalmente pudiera soltarla.
Eso me rompe un poco el corazón, honestamente.
La mujer con flujo de sangre, en Marcos 5, me parece una de las escenas más valientes de
todo el evangelio.
Doce años enferma. Doce años siendo considerada impura, lo que en términos prácticos
significaba: no toques a nadie, no te acerques, mantente al margen. Y aun así, se mete entre la
multitud. Se abre paso. Toca el manto de Jesús.
Lo hace con miedo, eso está claro. Lo hace como quien roba algo que sabe que no le
pertenece. Y cuando Jesús pregunta «¿quién me ha tocado?», ella tiembla. Cae a sus pies. Le
dice toda la verdad.
Y Jesús la llama hija.
No la regaña por haberse acercado sin permiso. No le explica por qué debería haber esperado.
La llama hija, y esa palabra lo cambia todo. Porque hija no es el nombre que le daba su
enfermedad. Ni el que le daba su comunidad. Es el nombre que le da Él.
Y luego está la samaritana. Juan 4.
Esta escena siempre me parece fascinante porque Jesús no debería estar ahí. No debería
hablarle a ella. Dice el texto que los discípulos, cuando regresan y la encuentran conversando
con Jesús, se quedan sin palabras. Porque eso simplemente no se hacía.
Pero Jesús le pide agua. Le habla de agua viva. Le hace preguntas. La escucha. Y en un
momento de la conversación, cuando ella menciona al Mesías que ha de venir, Jesús le dice
algo que no le ha dicho a casi nadie en todo el evangelio de Juan: «Yo soy, el que habla
contigo.»
A ella. A una mujer samaritana, sola junto a un pozo, al mediodía.
Ella se convierte en la primera evangelista del evangelio de Juan. Corre al pueblo y dice:
vengan a ver. Y la gente va.
No sé tú, pero cuando leo todo esto junto, me resulta muy difícil sostener la idea de que Jesús
veía a las mujeres como figuras secundarias. O que la fe que Él vivió y enseñó tenía espacio
para el silenciamiento, para el abuso, para mirar hacia otro lado.
Porque Él no miró hacia otro lado. Nunca.
Y eso nos deja con una pregunta, que, si somos honestos, incomoda bastante:
¿Por qué la iglesia sí lo ha hecho?
Esta pregunta no es una acusación. Es una pregunta honesta y real, para cada comunidad,
para cada líder, para cada uno de nosotros y nosotras. ¿A quién hemos dejado de ver? ¿A
quién hemos llamado impura, marginal, demasiado complicada? ¿A quién no hemos llamado
hija?
Cierre de la serie
Esto es lo que hemos querido hacer en estos textos de marzo: no tanto enseñar algo nuevo,
sino mirar con más calma algo que siempre estuvo ahí. Las mujeres no aparecen en los
evangelios como decorado. Aparecen como personas a quienes Jesús tomó en serio, escuchó,
tocó, nombró y envió.
Eso tendría que cambiarlo todo para nosotros.
En abril volvemos con la serie «El silencio de los seminarios», donde vamos a explorar por
qué la formación teológica ha callado tanto frente a la violencia y el abuso. Es una
conversación difícil, pero necesaria.
Gracias por acompañarnos en este recorrido. Y si algo de lo que leíste resonó contigo, o
removió algo, o te dejó con preguntas, eso es exactamente lo que esperábamos.
