octubre / 27 / 2026

Cuando una mujer dice: “Pastor, necesito hablar con usted”

“¿Qué ocurre cuando una mujer reúne el valor para decirle a su pastor: “Mi esposo me está maltratando”?

Los primeros minutos tras una revelación de abuso pueden marcar para siempre la vida de quien se atreve a hablar. Antes de pensar en un consejo, en un versículo o en intentar salvar el matrimonio, la responsabilidad pastoral es, ante todo, humana: escuchar con empatía y tomar en serio el dolor compartido.

Este artículo, parte de la serie “El silencio de los seminarios”, examina cómo, a veces, incluso las respuestas bien intencionadas pueden aumentar el sufrimiento y poner en riesgo a una persona vulnerable. Me pregunto junto contigo: ¿estamos preparando a nuestros pastores y pastoras para identificar el abuso, reconocer los límites de su labor y saber cuándo es momento de buscar ayuda especializada?

Porque una respuesta realmente pastoral no siempre empieza con palabras. A veces, lo más importante son tres frases sencillas que pueden cambiarlo todo:

“Te creo. Estoy aquí. Te escucho.”

A veces, lo más sanador es ser escuchada y creída, sin juicios ni prisas”.

Cuando una mujer dice: “Pastor, necesito hablar con usted”

La reunión ha terminado. La mayoría ya se ha ido. Quedan algunas conversaciones en los pasillos, alguien recoge unas sillas y otros se despiden.

Una mujer espera. Cuando finalmente logra acercarse al pastor, le dice en voz baja:

—Pastor, necesito hablar con usted. ¿Podría ser en privado?  

Entran a la oficina. Ella se sienta; tal vez mira al suelo o empieza hablando de otra cosa. Dice que tiene problemas en su matrimonio, guarda silencio y le cuesta encontrar las palabras.

Y finalmente las pronuncia: —Mi esposo me está maltratando.

¿Qué ocurre en los próximos cinco minutos?

Puede parecer una pregunta sencilla, pero es una de las más importantes que pueden plantearse sobre la formación pastoral.

Lo que suceda en esos minutos iniciales puede determinar si esa mujer sigue hablando o prefiere callar. También puede influir en cómo entiende lo que vive, en las decisiones que tome al salir de esa oficina e incluso en su percepción de Dios.

Este texto es parte de la serie “El silencio de los seminarios”. En entregas anteriores, “Cuando la formación pastoral falla” y “Cuando el currículo calla”, se examinó lo que la formación pastoral deja de lado. Aquí, la pregunta inicial se traslada a un lugar concreto: la oficina pastoral, en los primeros minutos posteriores al hecho, cuando una mujer revela el abuso que sufre.

La escena descrita ocurre con un pastor, pero podría ocurrir de la misma manera en la oficina de una pastora. Lo que aquí se plantea vale para toda persona que ejerce el cuidado pastoral, ya sea hombre o mujer.

El impulso de responder

La formación pastoral prepara para responder.

En el ministerio se predica, se enseña, se aconseja, se interpretan las Escrituras, se ora por las personas y se buscan palabras de esperanza en medio del sufrimiento. Cuando una persona llega con un problema, el impulso natural es ayudar.

Por eso, ante una revelación de abuso, pueden aparecer inmediatamente algunas respuestas:

“¿Has orado por tu esposo?”

“Quizás deberían venir los dos para hablar conmigo.”

“Dios puede restaurar tu matrimonio.”

“Necesitas perdonar.”

“Recuerda que Dios aborrece el divorcio.” (Malaquías 2:16)

O quizás surge rápidamente un texto bíblico:

“Todas las cosas ayudan a bien.” (Romanos 8:28)

“Perdona setenta veces siete.” (Mateo 18:22)

“Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.” (Mateo 19:6)

“Olvidando ciertamente lo que queda atrás…” (Filipenses 3:13)

Muchas de estas palabras pueden surgir de una intención genuina de ayudar. El pastor o la pastora quizá quiere preservar un matrimonio, ofrecer esperanza, recordar la gracia de Dios o conducir a una persona a la fe.

Pero las buenas intenciones no garantizan una buena respuesta.

A veces, en el deseo de ofrecer una respuesta espiritual, se deja de escuchar lo que la persona realmente dice.

¿Y si la primera tarea fuera escuchar?

Cuando una mujer dice: “Mi esposo me está maltratando”, la primera responsabilidad pastoral no es explicarle qué debe hacer. Tampoco consiste en determinar de inmediato quién tiene la razón. Mucho menos resolver su matrimonio en esa primera conversación.

La primera tarea es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más difícil:

Escuchar y tomar en serio lo que se confía.

Escuchar sin apresurar la historia.

Escuchar sin interrumpir para completar las frases.

Escuchar sin comenzar de inmediato a buscar un versículo.

Escuchar sin preguntarse primero cómo salvar el matrimonio.

Escuchar sin defender al esposo que se conoce y que siempre ha parecido “un buen hermano”.

Escuchar sin exigir que una mujer demuestre, en los primeros minutos, todo lo que acaba de revelar.

Y quizás decir algo tan sencillo como:

“Gracias por confiar en mí. Quiero escucharte.”

Hay momentos en el ministerio en los que hablar es indispensable. Pero también hay momentos en los que la necesidad de hablar puede impedir escuchar.

Pero escuchar no es suficiente. Creer también es fundamental.

Una persona puede permanecer en silencio, asentir con la cabeza y aparentar que escucha, mientras por dentro, ya ha decidido que lo que está oyendo probablemente no sea cierto. Por eso, cuando alguien encuentra el valor de decir: “Mi esposo me está maltratando”, hay otra respuesta pastoral fundamental: recibir su palabra con credibilidad.

Creerle no significa que quien pastorea deba convertirse en investigador, juez o fiscal. Tampoco significa que en esa primera conversación tenga que determinar todos los hechos de una situación que puede ser compleja.

Significa, ante todo, no comenzar desde la sospecha.

No responder inmediatamente:

“¿Estás segura?”

“Él nunca me ha parecido una persona violenta.”

“Me cuesta creer que el hermano haga algo así.”

“Quizás entendiste mal lo que ocurrió.”

“¿Y tú qué hiciste para que él reaccionara de esa manera?”

“Necesito escuchar también su versión antes de poder decir algo.”

Para quien formula estas preguntas, algunas pueden parecer razonables. Pero para una persona que quizás ha tardado semanas, meses o incluso años en atreverse a contar lo que está viviendo, puede significar algo devastador: “No te creo.”

Y hay algo particularmente doloroso cuando esto ocurre dentro de la iglesia. Muchas veces el presunto agresor no es un desconocido. Puede ser una persona respetada, servicial, generosa. Puede cantar en el coro, impartir una clase, participar en un ministerio o incluso ocupar un cargo de liderazgo. Puede tener una relación cercana con el pastor o la pastora, y esta relación puede impedir que se escuche a la persona sin prejuicios.

Algunas de estas respuestas, además, pueden ponerla en peligro. En situaciones de abuso, proponer consejería de pareja o buscar al esposo para “escuchar su versión” puede aumentar el riesgo para ella, porque quien ejerce violencia puede tomar represalias al saber que ella habló. Lo que parece imparcialidad puede convertirse en una amenaza para su seguridad.

Entonces surge una tentación muy humana: comparar lo que la mujer está revelando con la persona que se conoce.

“Pero él siempre ha sido tan amable conmigo.”

“Yo lo conozco desde hace muchos años.”

“Nunca lo he visto comportarse de esa manera.”

Ahí conviene recordar algo elemental: la experiencia propia con alguien no invalida el testimonio de otra persona.

Que alguien nunca se haya mostrado violento en público no demuestra que no pueda serlo en la intimidad de su hogar. Conocer la versión pública de una persona no significa conocer todo lo que ocurre detrás de una puerta cerrada. Por eso, creer a quien denuncia abuso no implica emitir un veredicto. Significa crear un espacio en el que la persona pueda hablar sin tener que empezar por defender su propia realidad.

Una respuesta pastoral responsable podría comenzar así:

“Te creo cuando me dices que estás viviendo algo que te está haciendo daño. Gracias por confiarme algo tan difícil. Quiero escucharte.”

Después vendrán otras preguntas.

Quizás sea necesario buscar ayuda profesional.

Habrá que considerar asuntos de seguridad.

Quizás haya responsabilidades legales que deba atender.

Quizás haya información que el pastor o la pastora no puede determinar por su cuenta.

Pero nada de eso exige comenzar por tratar a la persona que denuncia abuso como sospechosa.

Escuchar y creer no significan investigar. Significa recibir con seriedad el testimonio de una persona vulnerable y reconocer que aquello en lo que se confía merece atención y cuidado.

Cuando la Biblia llega demasiado rápido

Para quien ama las Escrituras, esto puede resultar incómodo. ¿No debería un pastor o una pastora responder de manera bíblica?

Por supuesto.

Pero una respuesta bíblica no implica necesariamente citar un versículo de inmediato. Hay una diferencia entre permitir que la Escritura forme la manera de acompañar a una persona y utilizar un texto bíblico para cerrar rápidamente una conversación que apenas comienza.

Jesús preguntaba.

Jesús escuchaba.

Jesús veía a personas que otros no veían.

Una mujer enferma que había vivido doce años entre sufrimiento, médicos y frustración no fue para Jesús una interrupción en el camino. Él se detuvo (Marcos 5:25-34).

Una mujer samaritana, cargada de una historia compleja, no recibió primero una fórmula. Jesús conversó con ella (Juan 4:1-42).

Una mujer acusada y expuesta públicamente en medio de un círculo de hombres dispuestos a condenarla encontró en Jesús a alguien que primero detuvo la violencia que la rodeaba (Juan 8:1-11).

Una respuesta profundamente bíblica comienza antes de citar la Biblia.

Comienza aprendiendo a mirar.

A escuchar.

Hay que creer que el dolor en el que una persona confía merece ser tomado en serio.

A reconocer la dignidad de la persona que se tiene delante.

El peso de la autoridad pastoral

Hay otra razón por la que esos minutos iniciales importan tanto.

Quien pastorea no habla desde una posición neutral.

Cuando alguien con autoridad pastoral dice: “Dios quiere que perdones”, la persona que lo escucha puede no oír simplemente la opinión de otro ser humano.

Puede escuchar:

“Dios exige que hagas esto.”

Cuando el pastor o la pastora dice: “Dios puede restaurar tu matrimonio”, una mujer puede escuchar:

“Si me voy, estoy impidiendo lo que Dios quiere hacer.”

Cuando escucha: “La Biblia dice que la esposa debe someterse a su esposo”, puede preguntarse:

“¿Significa esto que resistirme al abuso es desobedecer a Dios?”

Y cuando se le dice que debe dejar atrás el pasado, puede concluir:

“Quizás seguir sintiendo dolor significa que mi fe es insuficiente.”

Las palabras pastorales poseen peso precisamente porque se pronuncian en una relación espiritual.

Por eso la autoridad pastoral exige humildad.

No basta preguntarse:

“¿Es bíblica esta frase?”

También hay que preguntarse:

“¿Qué estoy haciendo con esta frase bíblica en la vida de esta persona, en este momento, desde la posición de autoridad que ocupo?”

Esa es una pregunta mucho más difícil.

¿Dónde se aprende a tener esta conversación?

Aquí se regresa a la manera en que los seminarios han preparado a pastores y pastoras. Conviene pensar en la formación que se recibe antes de sentarse frente a una mujer así.

En el seminario probablemente se estudian la hermenéutica, la homilética, la teología sistemática y la historia de la iglesia. Quizás también griego y hebreo. Se aprende a preparar sermones y a administrar los sacramentos. Se enseña sobre el matrimonio, el perdón, la reconciliación y la vida cristiana.

Pero ¿se enseña qué hacer cuando una persona se sienta enfrente y dice:

¿“Tengo miedo de regresar a mi casa”?

¿Se enseña a reconocer las dinámicas del abuso?

¿Se aprende que la persona que denuncia abuso necesita ser escuchada y tomada en serio antes de ser interrogada?

¿Se aprende qué preguntas ayudan y cuáles pueden hacer daño?

¿Se aprende cuándo escuchar y cuándo buscar ayuda especializada?

¿Se estudian los límites de la confidencialidad?

¿Se aprende qué hacer si hay niños en peligro?

¿Se aprende a reconocer los límites de la propia preparación?

Y una pregunta todavía más incómoda:

¿Se enseña alguna vez que una interpretación bíblica puede ser teológicamente familiar y, sin embargo, utilizarse de un modo que aumente el sufrimiento de una persona vulnerable?

Tal vez el problema comenzó mucho antes

Cuando una respuesta pastoral produce daño, es fácil concentrarse únicamente en el momento en que las palabras fueron pronunciadas.

Y, ciertamente, cada persona en el ministerio es responsable de aprender, escuchar y reconocer sus límites.

Pero hace falta mirar más atrás.

Aquella conversación no comenzó en la oficina pastoral. Comenzó años antes, en un salón de clases. Comenzó cuando se decidió qué conocimientos eran indispensables para formar a alguien en el ministerio y cuáles podían dejarse de lado. También cuando se determinó con precisión cuántas horas se necesitaban para estudiar interpretación bíblica, historia, predicación, liderazgo y teología. Pero nunca se preguntó cuánto se debía comprender sobre el abuso, la violencia, el trauma, el poder y la vulnerabilidad humana. Entonces, llega el día en que alguien toca la puerta de la oficina pastoral, y el pastor o la pastora tiene delante una historia para la cual nunca recibió preparación.

Y hace lo que sabe hacer: predica. Aconseja. Busca un versículo. Habla de perdón. Habla de reconciliación, de matrimonio.

Quizás lo hace con profunda sinceridad. Pero la mujer que llegó en busca de un lugar seguro sale de la oficina preguntándose si quien la escuchó realmente le creyó.

O peor todavía, preguntándose si Dios le creyó.

Quizás sale pensando que exageró, que debería soportar un poco más o que quizá ella tiene parte de la culpa.

Que debería soportar un poco más.

Que quizá ella tiene parte de la culpa.

Que perdonar no implica necesariamente regresar.

Poner distancia significa desobedecer.

Que protegerse es falta de fe.

Y entonces hay que atreverse a preguntar:

¿Falló solamente quien la escuchó?

¿O también falló la formación que decidió qué debía aprenderse antes de ejercer el ministerio?

Antes de responder

Este artículo no propone que los seminarios conviertan a los seminaristas en psicólogos, trabajadores sociales, abogados o investigadores. Propone algo más básico.

Que una persona preparada para el cuidado pastoral, sea pastor o pastora, debería saber escuchar cuando alguien revela abuso y recibir ese testimonio con seriedad y credibilidad. Propone que esta persona debiera reconocer cuándo está ante un sufrimiento que exige escuchar antes de aconsejar, comprender que su autoridad espiritual tiene poder, conocer sus límites y saber cuándo necesita la ayuda de otros profesionales.

Y debería comprender que utilizar correctamente la Biblia implica mucho más que encontrar un texto bíblico. También requiere sabiduría y discernimiento sobre cómo, cuándo y con qué propósito se coloca este texto sobre la vida de otra persona.

Durante siglos se ha enseñado a los ministros a hablar.

También es necesario enseñarles a escuchar.

Y a creer.

Porque algún día, después de que todos se hayan ido, una mujer puede quedarse esperando en el pasillo.

Puede acercarse lentamente.

Puede cerrar la puerta de la oficina.

Puede tardar mucho tiempo en encontrar las palabras.

Y finalmente puede decir:

—Pastor, pastora, tengo miedo.

En ese momento, antes del consejo, antes del versículo, antes de la explicación teológica, una de las respuestas más profundamente pastorales es también una de las más sencillas:

“Te creo. Estoy aquí. Te escucho.”

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