Introducción: un camino que sigue revelando heridas
Hace unas semanas comenzamos esta serie sobre el abuso espiritual, ese poder que se disfraza de fe y utiliza el nombre de Dios para dominar. En el primer blog, “El poder que se disfraza de fe”, exploramos cómo surge este tipo de abuso, cómo se infiltra en las iglesias y qué imagen distorsionada de Dios deja en las víctimas.
En el segundo blog, “Del altar al cuerpo”, profundizamos en cómo el abuso espiritual abre el camino al abuso sexual, mostrando que la violencia física o sexual no aparece de repente, sino que suele germinar en dinámicas espirituales tóxicas que normalizan la obediencia ciega, la culpa y la sumisión.
Hoy, en este tercer paso, abordamos el silencio —esa forma más sutil pero igualmente destructiva de complicidad—.
El silencio no sólo protege al abusador: traiciona a las víctimas y desfigura el rostro de Cristo en la comunidad.
El mecanismo del silencio
El silencio tiene muchas máscaras.
A veces se llama prudencia; otras, reputación; y, con frecuencia, se viste de espiritualidad.
Cuántas veces se ha dicho:
“No hablemos de esto para no dañar el testimonio de la iglesia.”
“Dios se encargará, no juzguemos.”
“Si lo perdonas, ya no lo menciones.”
Pero detrás de esas frases piadosas suele esconderse miedo: miedo a perder donaciones, membresías, prestigio o poder. En comunidades donde la autoridad se considera incuestionable, el silencio se convierte en un sistema de autoprotección institucional.
En América Latina, ese mecanismo se repite en parroquias, congregaciones, seminarios, internados y movimientos religiosos. En muchos casos, los líderes sabían lo que ocurría, pero optaron por callar “por el bien del ministerio”.
El resultado: generaciones de personas que han perdido la fe, el sentido de pertenencia y, muchas veces, su salud mental.
La espiritualidad del silencio: cuando la piedad encubre la injusticia
Hay un tipo de espiritualidad que santifica el silencio.
Es aquella que enseña que hablar del dolor es falta de fe, que denunciar es resentimiento, o que la víctima debe “dejarlo todo en las manos de Dios”.
Esa espiritualidad —heredera de una teología patriarcal del sacrificio— produce creyentes dóciles, obedientes y resignados, pero no discípulos libres.
La teóloga Alda Facio diría que el patriarcado institucional necesita de ese tipo de religiosidad para perpetuarse: una estructura que se protege a sí misma, mientras las víctimas cargan con la culpa de hablar.
Y Jon Sobrino nos recordaría que el principio misericordia —el centro del Evangelio— no consiste en callar ante el sufrimiento, sino en hacerlo visible para sanarlo.
Cuando el silencio se disfraza de espiritualidad, deja de ser una virtud y se convierte en un pecado estructural: el pecado de la omisión.
Consecuencias en las víctimas
El silencio institucional retraumatiza.
Cada vez que una víctima escucha “no digas nada”, revive el abandono original del abuso.
Cada vez que una iglesia protege su reputación antes que la verdad, le dice sin palabras: “Tu dolor vale menos que nuestra imagen.”
En sesiones de acompañamiento pastoral he escuchado frases como:
“El pastor me pidió que lo perdonara y que no dijera nada porque podía afectar el ministerio.”
“Cuando hablé, me dijeron que estaba destruyendo la obra de Dios.”
Estas personas no solo pierden la confianza en los líderes; pierden la capacidad de confiar en Dios mismo.
El silencio, en su forma más cruel, rompe la relación espiritual que las víctimas tenían con el Evangelio, porque ya no logran distinguir entre la voz de Dios y la de sus opresores.
La voz de los profetas y la urgencia de hablar
La Escritura no conoce un Dios que calla ante la injusticia.
Desde Génesis 4:10, cuando la sangre de Abel clama desde la tierra, hasta Amós 5:24, que pide que “la justicia corra como un río”, la Biblia nos recuerda que el silencio nunca ha sido santo.
Y Isaías 1:17 nos interpela directamente:
“Aprendan a hacer el bien; busquen la justicia; defiendan al oprimido.”
Jesús mismo, en los evangelios, rompe el silencio cada vez que toca al excluido, nombra al invisible o confronta al poder religioso.
Callar ante el abuso no es fidelidad al Evangelio, es negarlo.
Romper el silencio: un acto de fe y justicia
Romper el silencio no destruye a la Iglesia; la purifica.
Es un acto de fe, porque confía en que la verdad puede sanar más que el encubrimiento.
Y es un acto de justicia, porque restituye dignidad a quienes fueron despojados de ella.
El teólogo Leonardo Boff, en Saber Cuidar, afirma que el cuidado no puede florecer donde reina el miedo.
Cuidar a las víctimas implica nombrar el daño y asumir la responsabilidad institucional.
Solo entonces la comunidad puede transformarse en un espacio de restauración y no de repetición del trauma.
Conclusión: del silencio a la voz profética
Callar es fácil; hablar duele.
Pero si la Iglesia quiere parecerse al Cristo que acompaña, debe aprender a escuchar los gritos que vienen desde el suelo de la historia.
Porque todavía resuena la voz de Dios en Génesis:
“¿Dónde está tu hermano?”
Y la respuesta no puede seguir siendo el silencio.
Debe ser una Iglesia que mira el dolor de frente, que llora con los que lloran, que nombra el mal y se levanta a repararlo.
Solo entonces, la fe dejará de ser cómplice y se convertirá en camino de liberación.
