Parte 2: Del altar al cuerpo: cuando el abuso espiritual prepara el terreno para el abuso sexual

Han pasado dos semanas desde nuestro primer encuentro en esta serie, “Cuando la fe se convierte en control: poder, abuso y sanación espiritual”. En el Blog #1, reflexionamos sobre cómo el poder puede disfrazarse de fe, y cómo ciertas teologías mal interpretadas producen una obediencia ciega que silencia la conciencia y apaga la libertad interior.
Hoy continuamos con el Blog #2, y lo hacemos con el corazón abierto y los pies descalzos, porque entramos en terreno sagrado y doloroso: cuando el abuso espiritual se convierte en antesala del abuso sexual.

Del control espiritual a la invasión del cuerpo

El abuso espiritual rara vez se detiene en el alma. Cuando una persona es entrenada —por miedo, culpa o dependencia religiosa— a no cuestionar la autoridad de su líder, su voluntad ya ha sido debilitada. Esa es precisamente la antesala del abuso sexual: la domesticación y sometimiento del pensamiento y del cuerpo.

La manipulación espiritual actúa como un ensayo general del dominio total. El abusador “prueba” los límites de la víctima, midiendo su reacción ante órdenes, toques, o confidencias fuera de lugar. En nombre del “cuidado pastoral” o la “dirección espiritual”, se cruzan líneas invisibles que más tarde se transforman en violencia directa.

La teóloga Rita Segato explica que “la violencia sexual es una pedagogía de la crueldad” (1). Es decir, un proceso donde el cuerpo se convierte en territorio de dominación. Cuando la fe se usa como herramienta de sometimiento, la iglesia deja de ser refugio y se vuelve un campo de entrenamiento del miedo.

El disfraz del lenguaje religioso

El poder religioso no siempre se impone con gritos; muchas veces se disfraza de espiritualidad. El agresor usa versículos, oraciones y gestos de aparente santidad para confundir la voz de Dios con la suya propia.

Frases como “Dios me mostró que confíes en mí” o “Tu obediencia agrada al Señor” son ejemplos de manipulación mental religiosa, una manipulación que hace dudar a la víctima de su discernimiento espiritual.
La teóloga Nancy Pineda-Madrid advierte que, en contextos religiosos marcados por el patriarcado, el sufrimiento de las mujeres se espiritualiza para hacerlo aceptable, lo que normaliza la violencia y encubre la injusticia (2). Mas específicamente, el sufrimiento de las mujeres en contextos religiosos se refiere a un proceso mediante el cual la experiencia del dolor —producido por estructuras de injusticia— se interpreta como algo querido, permitido o incluso necesario por Dios. Y así, en lugar de reconocer el sufrimiento como consecuencia del pecado estructural o del abuso de poder, se lo reviste de un valor religioso, presentándolo como una oportunidad para crecer en fe, imitar a Cristo o probar obediencia.
Este tipo de discurso tiene la apariencia de espiritualidad, pero en realidad sirve para justificar la desigualdad y mantener el statu quo patriarcal.

De esta manera, el cuerpo femenino —y a veces también el masculino— deja de ser templo del Espíritu y se convierte en objeto de control. La voz de la víctima, silenciada en nombre de la obediencia, pierde el eco de su propio “no”.

Cuando la teología se vuelve cómplice

No todo abuso sexual ocurre en la oscuridad; algunos se incuban a plena luz del altar.
Ciertas teologías del poder masculino —basadas en interpretaciones literales de la autoridad del varón— crean estructuras donde la sumisión se predica como virtud, y el control se bendice como liderazgo.
La teóloga María Pilar Aquino denuncia que este tipo de discurso produce una espiritualidad “androcéntrica y jerárquica” que deshumaniza tanto a quien domina como a quien obedece (3). Cuando las iglesias repiten sin reflexión teologías que colocan a las mujeres en una posición de subordinación “natural”, no solo están enseñando doctrina, sino formando imaginarios de desigualdad que facilitan la violencia.

El Dios que denuncia, no encubre

Jesús nunca usó la fe para dominar. Al contrario, la fe en su mensaje liberaba de los falsos intermediarios del poder religioso. En Mateo 18:6, Él advierte con severidad: “A cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños… más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar”. Y en Lucas 4:18–19, proclama que su misión es “anunciar libertad a los oprimidos”. La espiritualidad de Jesús no pide silencio ante el abuso; pide denuncia y justicia.

En el relato de Marcos 5:25–34, una mujer enferma rompe las reglas religiosas y toca el manto de Jesús. No espera permiso del templo ni del varón; se atreve a reclamar su propia sanidad. Jesús no la reprende, sino que la dignifica públicamente: “Hija, tu fe te ha salvado.” Esa escena sigue siendo una metáfora poderosa: la fe auténtica no paraliza; mueve, cuestiona y libera.

Hacia una pastoral de sanación integral

Hablar de abuso espiritual y sexual dentro de contextos de fe no es un ataque a la iglesia; es un acto de lealtad al Evangelio. Sanar comienza cuando decimos la verdad: que detrás de muchos casos de abuso sexual hay una historia previa de manipulación espiritual, donde la confianza fue usada como arma.

Una pastoral verdaderamente cristiana debe crear espacios donde las víctimas sean escuchadas, los líderes rendan cuentas, y la teología se purifique del poder que oprime.
Como diría Ivone Gebara, la sanación espiritual “no es olvidar, sino volver a respirar sin miedo” (4).

 

 

Conclusión

El abuso espiritual y el abuso sexual no son temas separados: son raíces del mismo árbol de poder desordenado. Mientras la iglesia siga confundiendo autoridad con control, y obediencia con sumisión, seguirá siendo cómplice del dolor de muchos. Pero cuando una comunidad se atreve a mirar su sombra, a pedir perdón y a restaurar con justicia, entonces sí resplandece la luz del Evangelio.

Referencias

  1. Rita Segato, La guerra contra las mujeres (Madrid: Traficantes de Sueños, 2016), p. 27.
  2. Nancy Pineda-Madrid, Suffering and Salvation in Ciudad Juárez (Fortress Press, 2011), p. 84.
  3. María Pilar Aquino, La teología feminista latinoamericana (Universidad Iberoamericana, 1998), p. 45.
  4. Ivone Gebara, Romper el silencio (Editorial Vozes, 2000), p. 62.

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