“El racismo no es un accidente. Es una herencia cuidadosamente mantenida por estructuras que jerarquizan los cuerpos, los saberes y las espiritualidades.”

Introducción

En muchos espacios de fe se repite con solemnidad que «todas las vidas importan», pero esa afirmación se desvanece al mirar quiénes son los verdaderamente protegidos, escuchados y representados. Para muchas mujeres indígenas, negras, morenas, mestizas y migrantes, esa frase no resuena en sus cuerpos heridos por el desprecio, ni en sus comunidades marcadas por siglos de exclusión. La colonialidad y el racismo no son heridas del pasado: son estructuras activas que siguen organizando el mundo, incluso dentro de la iglesia. Y las mujeres racializadas, quienes se encuentran en la intersección de múltiples sistemas de opresión, son quienes cargan más intensamente con su peso.

Las herencias coloniales que siguen vigentes

La colonización no terminó con las independencias. Su lógica sigue operando en nuestras instituciones, economías y religiones. La filósofa María Lugones nos invita a comprender el sistema moderno/colonial de género, una matriz global que jerarquiza a las personas según raza, género y clase, y que define quién es sujeto pensante, y quien es un objeto que debe obedecer. “La colonialidad del poder produce sujetos ‘menos humanos’, subordinados, que no son reconocidos como pensantes, espirituales ni morales” (1).

Esta lógica se refleja en cómo son tratadas las mujeres de color; latinas, negras, indígenas, mestizas, y mujeres migrantes, en hospitales, en tribunales, en las fronteras, y aun en los espacios educacionales. Se duda de su credibilidad, se minimiza su dolor, se niega su humanidad. Y lo más doloroso es que esta negación no solo proviene del Estado o el sistema económico, sino también de comunidades religiosas que replican estructuras de obediencia, silencio y jerarquía.

La marginación múltiple de las mujeres indígenas, negras y migrantes: 

Las mujeres racializadas viven lo que la teórica Kimberlé Crenshaw llama interseccionalidad: la superposición de múltiples formas de discriminación. No basta con hablar de “violencia de género” si no reconocemos la influencia la raza, la clase social o el estatus migratorio. “La mujer indígena ha sido borrada de la historia oficial, de la teología, de la política, incluso del feminismo hegemónico” (2).

En muchas iglesias, aún se espera que las mujeres racializadas se limiten a roles de servicio: cocinar, limpiar, cuidar niños. Sus conocimientos no son reconocidos como teología, sino reducidos a “intuiciones”. Se corrigen sus lenguas, se burlan de sus acentos, y sus espiritualidades son ignoradas o exorcizadas en nombre de una fe normativa.

Recuerdo una experiencia personal que ilustra esta invisibilización. Hasta hace poco, ejercí el cargo de directora interina en un instituto teológico en Los Ángeles. Una amiga muy querida —blanca, brillante y comprometida— me dijo con admiración: “Estás llevando muy bien la escuela, aunque lo has hecho por intuición.” Su comentario, aunque sin mala intención, me sorprendió profundamente. Borraba de un plumazo mi trayectoria profesional y académica en educación multicultural, y los años de experiencia que me han capacitado para liderar con criterio, análisis y visión estratégica. En una sola frase, todo mi saber fue reducido a un “instinto”, como si mi capacidad proviniera de una sensibilidad natural, y no de una vida entera de estudio y compromiso.

La académica afrofeminista Ochy Curiel denuncia que incluso dentro del feminismo blanco se construyó una «sujeta universal» que no incluye a las mujeres negras, indígenas ni pobres (3). Este modelo se replica en la iglesia: una espiritualidad hegemónica, blanca, masculina y eurocentrada que deja fuera otras experiencias de Dios.

La violencia institucional: esterilización forzada y genocidios culturales

El cuerpo racializado, especialmente el de la mujer, ha sido históricamente objeto de control, abuso y exterminio. No se trata solo de discriminación, sino de violencias sistemáticas que buscan eliminar pueblos enteros o modificar su reproducción. Entre 2006 y 2010, cientos de mujeres migrantes fueron esterilizadas forzosamente en centros de detención en Estados Unidos, sin su consentimiento pleno ni traducción adecuada (4). Estas prácticas recuerdan las campañas de esterilización masiva aplicadas en Perú a mujeres indígenas durante el régimen de Fujimori en los años 90 (5).

Estas políticas no son “errores administrativos”: son la continuación de una lógica colonial que define qué cuerpos deben multiplicarse y cuáles deben desaparecer. Gladys Tzul Tzul, socióloga indígena k’iche’, señala que este tipo de violencia se complementa con la negación del derecho a gobernarse según sus sistemas comunales, lo cual equivale a un genocidio político y espiritual (6).

La descolonización del género y la espiritualidad

Descolonizar es un proceso difícil porque implica cuestionar lo que consideramos “normal”, “espiritual”, “civilizado”. ¿Por qué pensamos que la liturgia solo puede tener formas europeas? ¿Por qué la imagen de Dios sigue siendo la de un hombre blanco? ¿Por qué se desvaloriza la danza, la medicina natural, el canto comunitario? Como afirma Ochy Curiel, “El sujeto universal de la fe cristiana ha sido históricamente un varón blanco, heterosexual, europeo. Todo lo demás ha sido ‘el otro” (3).  

Descolonizar la fe es abrir espacio a otras epistemologías: teologías negras, andinas, mayas, afrolatinas. Es dejar de convertir la Biblia en una herramienta de domesticación y convertirla en una fuente de liberación. Es reconocer a un Dios que no se parece al opresor, sino que se encarna en los cuerpos más negados. Para lograr esto, debemos crear espacios donde las mujeres racializadas no solo sean escuchadas, sino que lideren, donde puedan orar en su idioma, interpretar la Escritura desde su historia, y sanar colectivamente desde su espiritualidad.

Tres dimensiones de colonialidad y espiritualidad

Conclusión 

Es urgente abrir los ojos, no solo para indignarnos, sino para transformarnos. La fe no puede seguir sosteniendo jerarquías raciales y de género. No podemos seguir celebrando la resurrección mientras negamos la humanidad de tantas hermanas. Caminar hacia una espiritualidad descolonizada es un acto de justicia, de sanación y de comunión. Implica despojarnos del privilegio de hablar por otros, y sentarnos a aprender con humildad de quienes han resistido con su cuerpo, su voz y su espiritualidad.

Referencias

  1. María Lugones, Hacia un feminismo descolonial (Buenos Aires: Ediciones del Signo, 2008), 89.
  2. Aura Cumes, La nación desde las mujeres indígenas (Guatemala: Editorial Serviprensa, 2012), 44.
  3. Ochy Curiel, La nación heterosexual: Análisis del discurso jurídico y el régimen heterosexual desde la antropología de la dominación (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2007), 117.
  4. Cynthia Greenlee, “A History of Forced Sterilizations in the U.S.,” The Nation, July 2020.
  5. Giulia Tamayo León, Nada personal: Reporte sobre las esterilizaciones forzadas en el Perú (Lima: CLADEM, 1999), 29.

Gladys Tzul Tzul, Sistemas de gobierno comunal indígena (Ciudad de Guatemala: FLACSO, 2016), 63.

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