Este es el último blog de la serie Estructuras del abuso: los pilares invisibles de la violencia, donde discutiremos uno de los temas más crudos y silenciados de la violencia: la que viven las mujeres migrantes. En cada frontera a cruzar, los cuerpos de estas mujeres y sus sueños se ven marcados por el dolor. Sin embargo, junto a este dolor también surge la resistencia, la fe y las narrativas que se transforman en una denuncia política, y en un testamento de la falta de empatía de los países poderosos hacia los más vulnerables.

Migrar siendo mujer es colocarse en un estado de vulnerabilidad extrema. Durante el tránsito hacia el país soñado, muchas mujeres enfrentan lo imaginable e inimaginable: violencia sexual, desapariciones y explotación a manos de coyotes, policías corruptos o bandas criminales, y muchas veces la traición de sus propios familiares o amigos. Antes y después del recorrido, sus cuerpos son vistos como mercancía y su dolor como un negocio. Al llegar al país de destino, la promesa de seguridad y oportunidades usualmente se convierten en jornadas extenuantes en sectores de trabajo que las convierte en invisibles; como el trabajo doméstico, el agrícola o el de la limpieza, donde enfrentan salarios injustos, discriminación y, con frecuencia, acoso sexual, e incluso violaciones. 

Debemos de aclarar que no toda la violencia ejercida contra las mujeres migrantes proviene de criminales. Las mujeres migrantes también sufren por la violencia ejercida desde las instituciones. Cuando las mujeres son detenidas por las autoridades migratorias, estas son llevadas a centros de detención que actualmente se han convertido en espacios de abuso sistemático: condiciones insalubres, separación de familias, falta de atención médica adecuada y agresiones sexuales documentadas [1].

Si logran salir “libres”, y se quedan en el país de destino, muchas mujeres migrantes enfrentan el acoso laboral y sexual en los espacios de trabajo. La estructura legal de los países receptores, lejos de protegerlas, suele reforzar la vulnerabilidad al negarles papeles, derechos y voz. Jean Franco ha descrito estas prácticas como “tecnologías de control” sobre cuerpos racializados y feminizados, donde el Estado se convierte en cómplice de la precarización y la violencia [2].

Por otro lado, migrar asimismo significa un profundo desarraigo: abandonar su tierra, la lengua, los afectos. Es una herida abierta que no se cierra fácilmente. Gloria Anzaldúa describe la frontera como “una herida abierta donde el Tercer Mundo choca con el Primero y sangra” [3]. Esta metáfora de la herida se convierte en experiencia literal para miles de mujeres migrantes.

El trauma de la migración no es solo físico, sino también emocional y espiritual. Sin embargo, aquí es donde muchas mujeres encuentran la fe, y esta se convierte en su sostén: muchas encuentran fuerza en la oración, en la comunidad migrante, en la espiritualidad popular, y en las iglesias. La fe no borra el dolor, pero lo resignifica y lo transforma en esperanza de sobrevivir un día más.

Cada relato de una mujer migrante es un acto político. Sus historias de sobrevivencia, cuando se comparten en foros, iglesias o comunidades, se convierten en denuncia contra estructuras opresoras que las marginan. Contar lo vivido no solo rompe el silencio, sino que también transforma a las víctimas en sujetas de resistencia. Él testimonio de una mujer que atravesó el desierto, que enfrentó el acoso en un campo agrícola, o que fue detenida en un centro de migración, es más que una historia personal: es un acto de memoria colectiva y una semilla de transformación social y espiritual.

Cerrar esta serie con la voz de las mujeres migrantes es un acto ético y espiritual para mí.  La iglesia, las comunidades de fe y la sociedad en general no pueden permanecer indiferentes al sufrimiento. Escuchar, acoger y defender a las mujeres migrantes no es solo un deber moral: es un mandato de justicia social y de cristiandad. Cruzar una frontera en busca de un sueño y una vida mejor causa una profunda herida, pero también es lugar donde el dolor puede transformarse en fuerza y esperanza.

Referencias: 

  1. https://www.pbs.org/newshour/nation/hundreds-of-immigrants-have-reported-sexual-abuse-at-ice-facilities-most-cases-arent-investigated
  2. Jean Franco, Cruel Modernity (Durham: Duke University Press, 2013).
  3. Gloria Anzaldúa, Borderlands/La Frontera: The New Mestiza (San Francisco: Aunt Lute Books, 1987).

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