Para muchos, el hogar es la palabra más dulce del diccionario. Es sinónimo de refugio, de un abrazo cálido, de un espacio donde las heridas del mundo exterior sanan. Pero ¿qué ocurre cuando el hogar se convierte en un centro de dominación y el control? El hogar, que debería ser el bastión del amor incondicional, a menudo se construye sobre estructuras de poder que confunden el afecto con la posesión y el cuidado con la supervisión y acoso. A través de las ideas de autoras como Esther Pineda, Coral Herrera y Carol Gilligan, podemos explorar esta compleja realidad para imaginar y construir un nuevo tipo de hogar.
La primera estructura de dominación que la mayoría de nosotros hemos experimentado es la familia patriarcal. Se nos ha enseñado a creer que la jerarquía es natural: el padre como líder, la madre como cuidadora, y los hijos en un plano de sumisión. Esther Pineda, en su trabajo sobre la violencia en el hogar, ha señalado que «el patriarcado se fundamenta en la superioridad masculina sobre la femenina, y de los mayores sobre los menores, siendo una estructura de dominación que se expresa y reproduce en la familia»¹. Esto significa que el hogar no es solo un nido de afecto, sino también una escuela de poder, donde los roles de género y las dinámicas de sumisión se aprenden y se internalizan desde la infancia. El amor del hogar se ve así condicionado por la obediencia, y el cariño a veces se convierte en una herramienta para mantener el orden establecido.
A esta estructura de dominación se suma un mito poderoso y engañoso: el amor romántico. Crecimos con cuentos de hadas y películas que nos prometieron que un «amor verdadero» y que llegaría un príncipe que nos salvaría de la soledad y nos daría una felicidad eterna. Sin embargo, como explica Coral Herrera, el amor romántico es un constructo social que nos prepara para la dependencia, no para la libertad². Nos enseña que el sacrificio y el sufrimiento son sinónimos de amor, que debemos completarnos en otra persona y que la pasión lo justifica todo, incluso el control. En la trampa de esta dependencia, el hogar se convierte en un espacio donde las inseguridades y los celos se disfrazan de protección, y la libertad individual se sacrifica a cambio de un ideal imposible de alcanzar.
Lamentablemente, cuando el amor se confunde con el control, las consecuencias pueden ser devastadoras, especialmente para los más vulnerables. El hogar, que debería ser el lugar más seguro, es donde a menudo se perpetúa el abuso infantil y la violencia intergeneracional. Esther Pineda subraya que el hogar, al ser un espacio privado, permite que «la violencia se mantenga oculta y se transmita de una generación a otra»³. La falta de equidad en la familia patriarcal y la normalización de la dependencia en el amor romántico es un caldo de cultivo para que la violencia verbal, emocional o física se convierta en una práctica común. El «hogar» deja de ser un espacio de amor para convertirse en un ciclo doloroso de dominación.
Pero esta situación puede cambiarse. Podemos reconfigurar la intimidad, y el camino para lograrlo se encuentra en la ética del cuidado. Como propuso la psicóloga Carol Gilligan, el cuidado no es solo una acción, sino un marco moral en el que las personas se entienden a sí mismas en relación con los demás⁴. A diferencia de una moralidad basada en la justicia y las reglas abstractas, una ética del cuidado se centra en la empatía, la responsabilidad mutua y la respuesta a las necesidades de los demás. Reconfigurar el hogar implica abandonar la jerarquía y la posesión para abrazar la equidad. La intimidad debe construirse sobre la base del respeto mutuo, la libertad de ser uno mismo y el apoyo incondicional.
En última instancia, transformar el hogar significa sanar las heridas de la dominación patriarcal y liberarse de las cadenas del amor romántico. No es una tarea fácil, pues implica deconstruir años de aprendizaje social. Pero es un camino necesario. El hogar tiene el potencial de ser un espacio de liberación, donde el amor se entienda como un acto de libertad, un apoyo constante que permite a cada miembro florecer. Un verdadero hogar no es aquel donde se controla, sino aquel donde cada persona se siente libre de ser, de amar y de pertenecer.
Referencias de pie de página
- Pineda, Esther. Machismo y violencia de género en Venezuela. Cita de la página 45.
- Herrera, Coral. La trampa del amor romántico. Cita de la página 78.
- Pineda, Esther. Machismo y violencia de género en Venezuela. Cita de la página 102.
- Gilligan, Carol. In a Different Voice: Psychological Theory and Women’s Development. Cita de la página 64.
