María (nombre cambiado) vivía en una comunidad rural de América Latina. Su vida estaba
profundamente ligada a la tierra: cultivaba, cuidaba, sostenía a su familia con lo que la tierra
daba. Pero un día llegaron las máquinas.
Primero fue el ruido.
Luego el polvo.
Después, el agua dejó de ser limpia.
Una empresa minera comenzó a operar cerca de su comunidad. Los ríos se contaminaron, la
tierra dejó de producir como antes, y la vida cambió. Pero no fue solo la tierra la que sufrió.
Con la llegada de trabajadores externos, también llegaron nuevas formas de violencia. Las
mujeres comenzaron a sentirse inseguras. Algunas fueron acosadas. Otras, abusadas. Las
niñas ya no podían caminar solas. El miedo se instaló en la comunidad.
María lo dijo con palabras sencillas, pero profundamente verdaderas:
«Nos quitaron la tierra… y también la tranquilidad del cuerpo.»
Su historia no es aislada.
Es parte de una herida más profunda.
Hay dolores que no se pueden ocultar.
Dolores que no siempre tienen voz, pero que se sienten en el cuerpo… y en la tierra.
La tierra gime.
Y las mujeres también.
No es casualidad.
En muchas regiones del mundo, la explotación de la tierra y la violencia contra las mujeres
caminan juntas. Allí donde se perfora la tierra, muchas veces también se vulneran cuerpos.
Donde se extrae riqueza, también se produce empobrecimiento humano.
Lo mismo que se hace con los bosques, se hace con las mujeres.
Se invade, se explota, se descarta.
Desde el ecofeminismo, Ivone Gebara ha señalado que esta conexión no es accidental, sino
estructural: el mismo sistema que permite la dominación de la naturaleza legitima también la
subordinación de los cuerpos vulnerables.¹ Por su parte, Leonardo Boff denuncia que
vivimos bajo un paradigma de conquista, donde todo —la tierra, los cuerpos, la vida— puede
ser apropiado y utilizado.²
Y lo más doloroso: muchas veces esto ocurre bajo un lenguaje que pretende ser moral o
incluso religioso.

Se bendicen sistemas que destruyen.
Se espiritualiza el sufrimiento de las mujeres.
Se pide silencio donde debería haber denuncia.
Pero la Escritura nos ofrece otra mirada.
En Romanos 8, Pablo nos habla de una creación que “gime con dolores de parto”, esperando
redención. Ese gemido no es solo ecológico; es profundamente humano. Es el mismo clamor
de María. Es el clamor de tantas mujeres cuyos cuerpos han sido heridos, usados, silenciados.
Es un clamor que no siempre llega a las instituciones.
Pero sí llega a Dios.
Dios escucha lo que el mundo ignora.
Dios ve lo que otros deciden no ver.
Una espiritualidad liberadora no puede separar estos dolores. No puede hablar de justicia sin
incluir a la tierra, ni de creación sin incluir los cuerpos. No puede predicar amor mientras
tolera estructuras que producen muerte.
Porque ambos dolores están entrelazados.
Y ambos claman por redención.
Desde la teología del cuidado, somos llamados a vivir de otra manera: no desde el dominio,
sino desde la relación; no desde la explotación, sino desde el cuidado.
Cuidar la tierra es resistir su destrucción.
Cuidar los cuerpos es denunciar su abuso.
Cuidar la vida es ponerse del lado de quienes sufren.
Dios ve.
Dios escucha.
Y Dios no permanece en silencio.
La pregunta es si nosotras y nosotros estamos dispuestos a escuchar…
y a responder.

Notas a pie de página

  1. Ivone Gebara, Longing for Running Water: Ecofeminism and Liberation
    (Minneapolis: Fortress Press, 1999), 35–38.
  2. Leonardo Boff, Ética y moral: la búsqueda de los fundamentos (Madrid: Trotta,
    2003), 45–50.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *