Cultura que mata: símbolos, discursos y silencios

A menudo, la violencia se asocia con actos físicos y visibles.  Pero esto solamente es la cima del iceberg. Por debajo, a veces visible, y otras invisible, antes de que un puño se levante y cause un moretón, o una bala se dispare y llegue al feminicidio, ya ha habido un largo proceso de construcción cultural que normaliza y legitima esa agresión. La cultura, en su sentido más amplio—compuesta por símbolos, discursos, rituales y creencias, es un campo de batalla donde se libran luchas de poder que pueden resultar en la opresión o la liberación. Este ensayo explora cómo la violencia cultural actúa como un armazón que legitima la violencia estructural y directa, y cómo la contracultura se alza como una fuerza de resistencia.

Tomada de Science Direct.com [1] 

Para entender como la violencia invisible puede tácitamente excusar una serie de acciones que pueden llegar al feminicidio, discutiremos la cultura de la violación como un claro ejemplo de este fenómeno. Y aquí, no nos referimos a las agresiones visibles como amenazar, golpear o insultar, sino al conjunto de creencias que minimizan, excusan y justifican a la violencia visible. Es decir, estamos discutiendo la violencia invisible, que, en la cotidianidad, se construye a través de mecanismos sutiles. Este tipo de violencia invisible la encontramos en la música, con canciones que sexualizan la agresión y banalizan el consentimiento. La encontramos en el humor rojo, en los albures, en chistes que refuerzan estereotipos y minimizan la violencia de género, haciendo de la agresión un tema de burla. La encontramos en los medios de comunicación, que, por su parte, revictimizan a las víctimas, cuestionan sus testimonios y se enfocan en la narrativa en el agresor. E incluso, encontramos este tipo de violencia invisible en la religión, en ciertas interpretaciones han justificado históricamente la subordinación de la mujer hacia el hombre, y que muchas veces dispensan la idea de que la mujer es propiedad del hombre. La antropóloga Rita Laura Segato nos explica que esto responde a una «pedagogía de la crueldad» donde los «mandatos de masculinidad» exigen una demostración constante de poder, a menudo ejercida contra las mujeres, para afirmar un lugar dentro de una jerarquía de género [1].

Esta dinámica de la violencia encaja perfectamente en la teoría del sociólogo Johan Galtung sobre la violencia. Para Galtung, existen tres tipos de violencia interconectados en un triángulo: la violencia directa (visible y física), la violencia estructural (injusticia social, desigualdad) y la violencia cultural (el conjunto de símbolos que legitima a las otras dos) [2]. Los discursos que trivializan la violencia, los estereotipos de género y el silencio sobre las víctimas son la base cultural que ofrece legitimidad a la desigualdad de oportunidades (violencia estructural) y que, en última instancia, se manifiesta en actos de agresión directa. Un ejemplo clásico es el silencio histórico sobre el papel de las mujeres en la sociedad, que ha justificado su exclusión de la vida pública y política durante siglos.

El lenguaje es una herramienta fundamental en este juego de poder. Como afirmó el filósofo Ludwig Wittgenstein, «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo». La realidad es, en gran medida, una construcción lingüística. De ahí la frase crucial: «lo que no se nombra no existe». Cuando no hay palabras para describir la experiencia de una mujer acosada o violentada, esa realidad se vuelve invisible, borrada del discurso público. El silencio no solo es una ausencia de voz, sino una forma activa de violencia que niega la existencia de una opresión. Graciela Hierro, una de las pioneras del feminismo en Latinoamérica, señaló la necesidad de crear un pensamiento filosófico propio, que nombre y ordene la experiencia femenina de invisibilidad y silenciamiento, para poder transformarla [3].

Sin embargo, a toda cultura dominante le nace una contracultura. Esta es la fuerza vital y creativa que se opone a las narrativas opresivas. El arte, en sus diversas formas, se convierte en un arma poderosa. Murales, canciones, películas y novelas que visibilizan la violencia, denuncian la injusticia y construyen nuevas realidades son herramientas poderosas de resistencia y educación que rompen la cultura del silencio. En conclusión, la violencia no es un accidente, sino la manifestación de un sistema cultural profundamente arraigado. Los símbolos, discursos y silencios que componen la cultura de la violación y la violencia cultural de Galtung sirven como el andamiaje que sostiene la desigualdad y la agresión. Sin embargo, no estamos condenados. La contracultura, impulsada por el arte, la narrativa y el pensamiento ofrece las herramientas para desmantelar ese andamiaje, nombrar lo que ha sido silenciado y construir una cultura de la vida, donde la igualdad y el respeto sean el único idioma. La verdadera revolución, al final, es la cultural.

Referencias: 

  1. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0212656724000453
  2. Rita Laura Segato, La guerra contra las mujeres. Editorial Traficantes de sueños, 2016.
  3. Johan Galtung, Violencia cultural. Editorial Icaria, 2003.
  4. Graciela Hierro, Ética y feminismo. Colección La Fuente, UNAM, 1985

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