“Cuando el patriarcado se disfraza de teología, el púlpito se convierte en trinchera, y el altar en campo de batalla.”

La espiritualidad de millones de mujeres ha sido moldeada por estructuras religiosas atravesadas por el patriarcado. La imagen que se ha enseñado de Dios está atravesada por un sistema que no siempre reconocemos, pero que moldea nuestra fe: el patriarcado. Este no es solo una estructura política o económica, sino también una forma de imaginar y organizar la vida religiosa. Se expresa en jerarquías, roles de género rígidos, en la autoridad exclusiva de los varones, y en teologías que han silenciado la voz femenina durante siglos. Un Dios que manda, que premia la obediencia, que castiga la duda, que exige sacrificios, y que llama “virtuosa” a la mujer que calla.

“Dios es nuestro Padre.” Desde niñas, muchas de nosotras aprendimos esta frase como parte de nuestra fe. Nos enseñaron que era símbolo de amor, de cercanía, de confianza. Pero a muchas mujeres, esa imagen no les trajo consuelo, sino confusión. Porque el padre que conocieron fue autoritario, distante, violento emocional o físicamente. Otras veces, fueron figuras religiosas o pastores quienes impusieron una imagen de Dios exigente, castigador o inflexible. Entonces, cuando se dice “Padre”, no se piensa en ternura… sino en temor. Esta dificultad para relacionarse con un Dios masculino no surge por falta de fe. Surge de experiencias profundas, marcadas por el dolor y la confusión espiritual. Porque si Dios es padre, ¿por qué ese “Padre” parecía mirar hacia otro lado cuando el sufrimiento era insoportable?

La teóloga brasileña Ivone Gebara describe esta realidad con claridad: el patriarcado religioso ha construido un Dios “como un ser masculino todopoderoso que establece jerarquías, impone castigos y espera sumisión” ¹. Esta imagen, predicada como “la verdad revelada”, ha tenido consecuencias concretas: invisibilización del liderazgo de las mujeres en la iglesia, validación del sufrimiento como virtud espiritual, y silenciamiento frente al abuso.

Silencio cuando alguien es abusada y le dicen que “aguante por amor”.
Silencio cuando una mujer quiere predicar y le dicen que “no es su lugar”.
Silencio cuando una esposa denuncia violencia y le aconsejan que “perdone y confíe en Dios”.

Estas respuestas no nacen del evangelio, sino de una espiritualidad deformada. Se ha enseñado que obedecer al esposo es obedecer a Dios, que perdonar al agresor es señal de santidad, que ser callada es “testimonio cristiano”. La sumisión ha sido espiritualizada, cuando en realidad es manipulación disfrazada de fe.

La teóloga mexicana Nancy Bedford denuncia que, cuando Dios es presentado como alguien que todo lo justifica sin justicia ni reparación, incluso el abuso, se convierte en “cómplice del agresor” ². Y así, una espiritualidad que debería consolar y liberar, termina oprimiendo y atando.

Me ha tocado escuchar a mujeres decir cosas como:
—“No sé si Dios me escucha.”
—“Quizás soy yo la que no tiene suficiente fe.”
—“Tal vez Dios quiere que yo sufra, como Jesús en la cruz.”

Estas no son dudas teológicas. Son gritos espirituales. Como señala Marcela Lagarde, el patriarcado no solo domina desde afuera, se instala en el alma³. Moldea cómo sentimos, cómo oramos, cómo nos comprendemos ante Dios. El abuso, así, se convierte en una violencia también espiritual: una que no solo rompe huesos, sino que apaga la esperanza.

Algunas nombran a Dios como madre, amiga o compañera. Otras simplemente lo encuentran en la ternura de una comunidad segura, en la dignidad restaurada, en la justicia que empieza a abrir camino. Como afirmaba Ada María Isasi-Díaz, la espiritualidad de las mujeres latinas nace desde abajo, desde la lucha diaria, desde la resistencia⁴.

Yo también creo que hay otra manera de vivir la fe. Una que no es jerárquica, ni culpabilizante, ni masculina por imposición. Sino una espiritualidad que restaura dignidades, abraza con justicia y libera con compasión.

Dios no es patriarcal. Lo patriarcal es el sistema que ha secuestrado su nombre. Y eso —como todo lo que oprime— se puede, y se debe, desenmascarar, desmontar y rehacer desde la justicia.

Referencias: 

  1. Ivone Gebara, Rompiendo el silencio: Una fenomenología de la espiritualidad femenina, São Paulo: Paulinas, 2002.
  2. Nancy Bedford, La subversión del sufrimiento: teología feminista y violencia de género, Buenos Aires: Kairós, 2010.
  3. Marcela Lagarde, Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas, México: UNAM, 2005.
  4. Ada María Isasi-Díaz, En la lucha: elaborando una teología latina desde la base, New York: Fortress Press, 1993.

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