Cuando el currículo calla: el conocimiento que falta y el costo del silencio académico

En el primer artículo de esta serie hablamos del silencio de los seminarios como un problema pastoral: Pastores y pastoras que llegan al púlpito sin herramientas para acompañar a personas heridas por el abuso, la violencia doméstica o el trauma. Ese vacío no es un accidente administrativo ni una simple omisión temática: nace del currículo. Lo que los seminarios enseñan y, sobre todo, lo que deciden no enseñar, moldea directamente la manera en que pastores y líderes responderán, años después, a una mujer que llega golpeada, a un niño que revela un abuso, o a una persona que apenas puede nombrar lo que le ha sucedido. El silencio académico se convierte, poco a poco, en silencio pastoral. Y ese silencio hiere.

La educación teológica no está hecha solo de asignaturas y sílabos. También está hecha de ausencias. La ausencia de cursos sobre trauma, violencia doméstica, abuso espiritual, dinámicas de poder, ética del cuidado o acompañamiento especializado no es neutra: es una forma de selección ideológica. Paulo Freire nos recordó que no existe educación inocente; toda enseñanza transmite una determinada visión del mundo y de las relaciones humanas. (1) Cuando el currículo de un seminario se centra casi exclusivamente en exégesis, teología sistemática, historia de la iglesia y homilética —todas áreas importantes—, pero deja fuera el sufrimiento concreto de los cuerpos vulnerados, está diciendo, sin decirlo: “esto no es parte de la teología”. Ese mensaje silencioso tal vez nunca aparece en una frase explícita, pero se graba en la mente y el corazón del estudiantado como una jerarquía: la doctrina arriba, el dolor abajo. La ortodoxia al centro, las víctimas en la periferia.

Este tipo de currículo opera como un “currículo oculto”: una capa subterránea de formación donde lo que no se menciona parece no existir, y lo que no existe en el aula rara vez existe en el púlpito. Elsa Támez ha advertido que el silencio de las instituciones religiosas frente a la injusticia no es neutral; forma parte de la violencia estructural que sostiene sistemas opresivos. (2) Ese silencio, trasladado al ámbito académico, significa que las experiencias de quienes han sufrido abuso no son consideradas un lugar legítimo para hacer teología, ni una fuente necesaria para la formación pastoral. La consecuencia es grave: seminarios que producen líderes capaces de discutir la cristología de los concilios, pero incapaces de sostener la mirada de una sobreviviente que narra abusos ocurridos dentro de la misma iglesia.

A este problema se suma una separación artificial profundamente arraigada en el imaginario teológico: la división entre “lo teológico” y “lo psicológico” o “lo clínico”. En muchos seminarios latinos, hablar de trauma, ciclos de violencia, apego, disociación o depresión se percibe como un territorio ajeno, “secular”, perteneciente a la psicología o al trabajo social, no a la teología. Esa frontera, que a veces se defiende con lenguaje de “pureza doctrinal”, deja fuera precisamente las herramientas que podrían ayudar a las personas a comprender qué les pasa por dentro cuando han sido dañadas. Judith Herman ha mostrado cómo el trauma desorganiza la memoria, el cuerpo y la confianza básica en el mundo. (3) Si una pastora o un pastor nunca han escuchado ni una sola vez en su formación la palabra “trauma”, es probable que, al encontrarse con una persona fragmentada por la violencia, interpreten su sufrimiento como falta de fe, rebeldía, dureza de corazón, o “ataduras espirituales”. No es que sean crueles por naturaleza; es que fueron formados en una teología que nunca dialogó con el conocimiento acumulado sobre el trauma humano.

De esta separación nace una pastoral peligrosamente reducida: se ora donde habría que garantizar seguridad; se cita un versículo donde habría que llamar a las autoridades; se exige perdón cuando sería éticamente necesario nombrar el daño y establecer límites. Nancy Ramsay y otras teólogas pastorales han insistido en que el cuidado cristiano, si quiere ser verdaderamente evangélico, debe tomarse en serio la complejidad psíquica y social del sufrimiento humano. (4) Una pastoral que ignora estas dimensiones no es “más espiritual”; es más frágil y, muchas veces, más dañina.

El currículo que calla también está marcado por el patriarcado. La mayoría de los planes de estudio fueron diseñados por hombres, en contextos masculinos, para formar principalmente a hombres. Las experiencias de las mujeres, de las niñas y de los cuerpos feminizados prácticamente no aparecen en la teología que se enseña como “normativa”. Marcela Lagarde ha señalado que lo que no se nombra, no existe en el espacio simbólico de una cultura. (5) Si en cuatro o cinco años de formación teológica una estudiante nunca escucha una reflexión seria sobre violencia doméstica, abuso sexual, acoso eclesial, ni encuentra en el currículo autores y autoras que trabajen estos temas, el mensaje que recibe es que estos dolores no son un asunto teológico, tal vez “pastoral” en un sentido muy vago, pero no central para la misión de la iglesia. Y, sin embargo, en la realidad concreta de nuestras comunidades, estos son precisamente los dolores que más destruyen la confianza, la fe y la vida.

Ivone Gebara ha denunciado el carácter profundamente abstracto de cierta teología que habla de “ser humano” en general, pero nunca dice “mujer golpeada”, “niño abusado”, “migrante explotada”, “trabajadora doméstica sin derechos”. (6) Esa abstracción no es inocente: borra cuerpos concretos, borra historias específicas y borra, con ellas, la posibilidad de escuchar a Dios a través de esas experiencias. Cuando un seminario enseña una teología desanclada del cuerpo, deja sin voz a quienes viven en sus cuerpos las marcas del abuso. El currículo patriarcal no sólo invisibiliza el daño; también protege estructuras que lo generan y lo encubren.

Las consecuencias pastorales de este silencio académico son tangibles. Pensemos en una escena que se repite con demasiada frecuencia: una mujer se acerca a su pastor y le confiesa que su esposo la humilla, la controla, la forza sexualmente y la ha empujado o golpeado en varias ocasiones. El pastor, formado en un seminario en el que jamás se habló de violencia de género ni se analizó el ciclo de la violencia, le responde desde lo único que conoce: algunos versículos sobre el matrimonio, el perdón y la cruz. Le pide que tenga paciencia, que ore más, que sea “prudente” y no “exagere”; quizá la invita a “someterse al liderazgo espiritual” de su esposo. Desde afuera es fácil ver el horror en este consejo. Desde adentro, es el resultado lógico de un currículo que nunca enseñó a ese pastor a identificar abuso, ni a distinguir entre conflicto y violencia, ni a proteger la vida por encima de la apariencia de unidad familiar.

Lo mismo ocurre con niños que revelan tocamientos indebidos de parte de un “líder espiritual”, o con jóvenes que denuncian manipulación psicológica. Cuando la formación pastoral no incluye herramientas para escuchar, discernir y acreditar los relatos de las víctimas, la primera reacción suele ser la sospecha, el silencio o la defensa de la institución. Se prioriza la “buena imagen” de la iglesia por encima del cuidado de los cuerpos vulnerables. Así, el vacío curricular se convierte en violencia pastoral. No es sólo lo que el pastor o la pastora “no saben”: es lo que las víctimas pagan con su salud mental, su fe y, en casos extremos, con su vida.

Desde la perspectiva de la teología de la liberación, este silencio revela de qué lado se sitúa, en la práctica, la formación teológica. Gustavo Gutiérrez insistió en que la teología nace de la praxis histórica de la liberación de los oprimidos. (7) Si la realidad de millones de mujeres y niños abusados no entra en el aula como un lugar teológico, si no se estudia su sufrimiento ni se elabora una respuesta pastoral seria, la formación teológica se alinea de hecho con el orden establecido, aunque en su discurso hable de justicia y misericordia. No es suficiente predicar “Dios está del lado de los que sufren” si los seminarios siguen organizando el conocimiento como si esos sufrimientos no existieran.

Romper este silencio implica mucho más que añadir un curso optativo sobre “consejería” o “familia”. Requiere una transformación profunda del currículo y, con él, de la identidad misma de la formación pastoral. Significa reconocer que el trauma, la violencia, el abuso espiritual y las dinámicas de poder no son temas periféricos, sino realidades centrales para la vida de las comunidades. Supone integrar en el corazón del currículo la ética del cuidado, la perspectiva de género, la alfabetización en trauma, el análisis crítico de las estructuras patriarcales y la escucha seria de las ciencias humanas. Leonardo Boff ha descrito el cuidado como una categoría ética fundamental, sin la cual se rompe el tejido de la vida. (8) Formar pastores sin cuidado es formar pastores que, sin quererlo, pueden volverse cómplices de sistemas que destruyen a las personas.

Al mismo tiempo, esta transformación exige revisar quiénes enseñan y desde dónde enseñan. No se puede hablar de abuso sólo desde la teoría; es necesario abrir espacios para que teólogas, psicólogas, sobrevivientes y especialistas acompañen el proceso formativo. Nancy Pineda-Madrid ha mostrado cómo la reflexión teológica cambia cuando toma en serio el sufrimiento concreto de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. (9) Algo similar tendría que ocurrir en los seminarios: dejar que las experiencias de las víctimas entren en el aula, no como anécdotas para ilustrar sermones, sino como lugares teológicos que cuestionan, desestabilizan y reorientan la comprensión de Dios, de la iglesia y del ministerio.

En última instancia, lo que está en juego no es sólo la calidad académica de un programa de estudios, sino la fidelidad del ministerio cristiano a Aquel que dijo haber venido “para que tengan vida, y vida en abundancia”. El silencio curricular no es un problema técnico; es un problema espiritual. Lo que los seminarios callan, las iglesias lo arrastran durante generaciones. Y quienes cargan con el costo más alto son siempre los mismos: mujeres, niñas, niños, personas empobrecidas, cuerpos racializados, personas cuya vulnerabilidad se aprovecha porque quienes deberían protegerlas nunca fueron formados para verles, escucharles y creerles.

Por eso, esta serie no es un simple ejercicio crítico; es un llamado a la conversión académica y pastoral. Mientras el currículo siga callando, el abuso seguirá encontrando refugio en nuestros templos. El desafío es claro: o los seminarios rompen el silencio y se convierten en espacios donde se aprende a cuidar, a escuchar y a proteger, o seguirán siendo, aunque no lo deseen, parte del problema. Y en este punto de la historia, ya no podemos darnos el lujo de mirar hacia otro lado.

Este análisis del currículo silenciado nos lleva inevitablemente a la siguiente pregunta: ¿qué ocurre dentro de la teología misma cuando el dolor humano queda fuera del aula? En el próximo ensayo exploraremos cómo ciertas formas de enseñanza teológica—abstractas, deshumanizadas y desconectadas del cuerpo—terminan espiritualizando el sufrimiento y normalizando el abuso. Si el Blog 2 ha abordado lo que falta en el currículo, el Blog 3 abordará lo que sobra: una teología que, sin quererlo, puede volverse aliada de la violencia.

Referencias:

  1. Paulo Freire, Pedagogía del oprimido (México: Siglo XXI, 1970).
  2. Elsa Támez, Contra toda condena: la justificación por la fe desde los excluidos (San José: DEI, 1991).
  3. Judith Herman, Trauma and Recovery (New York: Basic Books, 1992).
  4. Nancy J. Ramsay, Pastoral Care and Counseling: Redefining the Paradigms (Nashville: Abingdon Press, 2004).
  5. Marcela Lagarde, Los cautiverios de las mujeres (México: UNAM, 1990).
  6. Ivone Gebara, Romper el silencio: una fenomenología feminista del mal (Santander: Sal Terrae, 2000).
  7. Gustavo Gutiérrez, Teología de la liberación: Perspectivas (Lima: CEP, 1971).
  8. Leonardo Boff, El cuidado esencial: Ética de lo humano, compasión por la Tierra (Madrid: Trotta, 2002).
  9. Nancy Pineda-Madrid, Suffering and Salvation in Ciudad Juárez (Minneapolis: Fortress Press, 2011).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *