“La vida de muchas mujeres no se rompe de pronto. Se desgasta en silencio, entre fronteras, fábricas, camas alquiladas y oraciones sin consuelo.”
Cuando hablamos de violencia, muchas veces pensamos en golpes, gritos, cicatrices visibles. Pero hay violencias que no se ven a simple vista, porque están normalizadas, porque son parte de los engranajes del mundo como lo conocemos. Este es el segundo blog de nuestra serie Estructuras del abuso: los pilares invisibles de la violencia, y hoy queremos mirar de frente una estructura que atraviesa todas las demás: el capitalismo global, y su capacidad devastadora de convertir cuerpos —especialmente los de mujeres, niñas y niños y jóvenes— en fuente de ganancia.
No hablamos de ideas abstractas. Hablamos de historias reales.
Hablamos de la joven hondureña que cruzó dos países con la promesa de un trabajo digno, y terminó atrapada en un burdel.
De la madre soltera que limpia casas ajenas por centavos mientras alguien lucra con su precariedad.
De la niña de doce años que fue vendida a través de internet por un familiar.
De la migrante que aceptó alquilar su vientre porque no tenía otra forma de alimentar a sus hijos.
De la adolescente indígena que desapareció camino a la ciudad.
De la mujer que vendió su cuerpo por años para sobrevivir, y al llegar a la iglesia escuchó que “debe arrepentirse”.
Estas historias no son errores del sistema. Son el sistema funcionando como fue diseñado.
El mercado global de la desigualdad
El capitalismo, desde sus orígenes, ha necesitado cuerpos dóciles, invisibles y disponibles. Silvia Federici lo dice claramente: el cuerpo de la mujer fue el primer territorio colonizado. En la transición hacia el capitalismo moderno, las mujeres fueron despojadas de poder, de tierra, de autonomía, y su rol fue reducido a la reproducción y al servicio¹.
Hoy, esa lógica no ha desaparecido. Solo se ha sofisticado. El capitalismo global ha construido redes transnacionales de explotación sexual y laboral, donde el cuerpo femenino es materia prima, fuente de placer, objeto de consumo, mercancía rentable. Y ese cuerpo, como advierte Rita Laura Segato, es además un símbolo: se convierte en mensaje de poder para disciplinar a otras mujeres².
La prostitución, la pornografía, la trata de personas, el turismo sexual, los vientres de alquiler y las plataformas de contenido erótico no son fenómenos aislados. Son parte de un mismo sistema que disfraza la esclavitud como “libre elección” y oculta el sufrimiento detrás de discursos de “empoderamiento”.
Como señala Verónica Gago, la violencia estructural del mercado no solo se impone desde afuera; se internaliza, se acepta, se normaliza³. La deuda, la pobreza, el hambre, el desarraigo… todo se convierte en una forma de control.
Y es allí, precisamente allí, donde muchas mujeres, migrantes y niñas son explotadas doble o triplemente: por su género, por su origen, por su pobreza.
El silencio de la iglesia: cuando callar también es violencia
En medio de este sistema globalizado de abuso, la iglesia muchas veces guarda silencio. Un silencio que duele. Que encubre. Que protege estructuras más que personas.
¿Cuántas veces hemos escuchado oraciones genéricas por “las mujeres explotadas” pero no hemos nombrado a los explotadores?
¿Cuántas veces hemos predicado sobre el perdón sin hablar de justicia?
¿Cuántas veces hemos acogido a una víctima solo para exigirle que calle, que se “restaure” rápido, que no incomode?
El silencio de la iglesia no es neutral. Como afirma Elsa Támez, es una forma de violencia estructural⁴. Es complicidad con el sistema cuando no se nombra la injusticia, cuando no se denuncian las redes, cuando no se abren espacios seguros para escuchar y acompañar sin juzgar.
Y peor aún: cuando se espiritualiza la sumisión, cuando se pide obediencia a mujeres que solo conocen el sometimiento, cuando se predica resignación a quienes han sido obligadas a sobrevivir.
Jesús nunca bendijo la violencia. Nunca miró hacia otro lado. Tocó a la mujer excluida. Escuchó a la extranjera. Lloró con las víctimas. Denunció a quienes lucraban con la fe. Y expulsó a los mercaderes del templo porque el comercio no tiene lugar en la casa del Dios de la vida.
Una fe que abraza cuerpos heridos
No podemos hablar de evangelio si no abrazamos con dignidad a las mujeres, niñas, niños y jóvenes que han sido tratados como mercancía.
No podemos hablar de justicia sin nombrar la esclavitud moderna.
No podemos hablar de “liberación espiritual” mientras se siguen cosificando cuerpos.
María Mies lo afirma con contundencia: el capitalismo necesita a las mujeres empobrecidas y endeudadas para sostenerse⁵. Por eso no podemos esperar que la justicia venga del sistema. Debe nacer desde abajo, desde la fe encarnada que se atreve a mirar el dolor sin disfrazarlo.
Como decía Ada María Isasi-Díaz, la espiritualidad de las mujeres nace desde la vida cotidiana, desde la lucha, desde la comunidad que cuida⁶.
Esa espiritualidad es la que necesitamos:
Una que no juzgue, sino escuche.
Una que no predique sobre las mujeres, sino con ellas.
Una que no glorifique la pobreza, sino que la combata.
Una que no espiritualice el abuso, sino que lo denuncie con valentía.
Una que diga: Tu cuerpo es sagrado. Tu historia importa. Tu dignidad no se negocia.
Referencias:
- Silvia Federici, El calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Madrid: Traficantes de Sueños, 2010.
- Rita Laura Segato, La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, Buenos Aires: Tinta Limón, 2013.
- Verónica Gago, La potencia feminista: o el deseo de cambiarlo todo, Buenos Aires: Tinta Limón, 2019.
- Elsa Támez, Teología de la liberación para una nueva generación, San José: DEI, 2009.
- María Mies, Patriarcado y acumulación a escala mundial, Madrid: Horas y Horas, 2006.
- Ada María Isasi-Díaz, En la lucha: elaborando una teología latina desde la base, New York: Fortress Press, 1993.
